
Recuerdo la casa de mi abuelita Olga, mis autitos esparcidos por el dormitorio, las luces de la mañana que inventaban formas sobre el suelo y el placer de escudriñar bajo los closets, las cómodas y los sofás.
Aún estoy durmiendo la siesta sobre su corazón; comiendo manzana rallada y alcachofas molidas… en una mesa enorme, antes de que llegaran los grandes.
Todo parecía seguro e inalterable, la muerte era ajena y los días serenos se desenvolvían al amparo de ella, radiante de dulzura.
En el país, los aviones atacaban las ciudades, militares grises ocupaban las pantallas con discursos sobre patria, victorias y cáncer extirpado.
Pero eso pasaba en otro mundo, en las escuelas, en las fábricas, en los barcos… lejos de mi paraíso, donde yo seguía cuchareando el jugo de la carne y saboreando sopaipillas… mientras en las calles se derramaba el frío y el silencio.
Pero la muerte apagó mi paraíso… y en mi ventana la luz de la mañana, llena de pequeñas partículas flotantes, cedió paso a la tormenta… oscura, desafiante, irremediable.
Desde entonces, sumido en el torbellino, busco recuperar aquel lugar, lo tomo en mis manos y se escapa, dejándome muerto, otro, nuevo.
A pesar de todo… recuerdo.
Texto: "Las Raíces de mi aguacero", Prófugos de un aguacero azul, año 2002.
Foto: "El sol" en la serie de imágenes sobre el tarot, en ella aparecen Pedro Vicencio, Olaya Vicencio y el que suscribe.